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Viaje en el Transmetro

24 junio, 2008 Deja un comentario

A continuación relato lo que se sufre al utilizar la aberración que se le ocurrió al mono de oro (alias Álvaro Enrique Arzú Irigoyen), el "Transmetro":

Llego a la estación "El Carmen" y miro mi reloj. Las 11:30. Bien, no han salido los estudiantes de los colegios, quizás no me vaya tan apretujado. Subo rápidamente las gradas de la aparente pasarela y me dirijo hacia la parte central, donde se encuentra un molinete esperando mi tributo. Saco de mi bolsillo una moneda de un quetzal, previamente reservada, pues no se aceptan billetes ni monedas de otras denominaciones; y la introduzco en el tragamonedas maldiciendo entre dientes al mono de oro por robarme otro quetzal además de mi tiempo y mi dignidad. Desciendo las gradas que se dirigen a una tarima ubicada a media Aguilar Batres obstruyendo un valioso carril de la congestionada calzada. A medida que lo hago observo la considerable amontonazón de gente y recuerdo con nostalgia aquella dorada época en la que me subía a la primera camioneta extraurbana que miraba sin tener que hacer cola; y me iba sentado. Negocio mi paso a través de la multitud. Calculo que deben pasar dos transmetros antes de poder abordar uno y empiezo a echar raíces en la cola. Dejo mi mente divagar para pasar el tiempo y cuando ya no hay más para distraerme consulto la hora: 11:35 ¿Y los 90 segundos entre cada transmetro? Bueno, se estiraron a cinco minutos.

Finalmente llega el primer transmetro, a punto de estallar por la presión interna que ejercen los pasajeros. La abominable creatura verde brillante se detiene y abre con dificultad sus tres pares de puertas. Algunos que esperan en la estación intentan subir, pero los detienen rápidamente los empleados del transmetro. Los pasajeros  empiezan a salir con dificultad, dando empujones; pero claramente aliviados. Son almas libres ahora. Los primeros condenados empiezan a subir, empujando también, luchando por lograr un espacio donde no existe, ni puede existir de manera lógica. La cola avanza lentamente, mas no se reduce, pues más almas condenadas siguen llegando. El transmetro cierra sus puertas, como devorando a los que acaban de subir y se pone en marcha sobre otro carril arrebatado a la Aguilar Batres.

Unos cuantos minutos más ponen a prueba mi paciencia. Llega el segundo transmetro, repitiéndose el macabro espectáculo de abordaje. Estoy finalmente al frente de la cola. Y llega el tercero, y espero, último transmetro. Se detiene, las puertas se abren y los pasajeros afortunados salen. Es mi turno de abordar, cuando una señora se cuela. Típico. Al menos va apartando a algunos pasajeros para que yo pueda subir. Intento ir más adentro para que otros suban o para que la puerta no me prense al cerrarse, pero no me es posible. Hay alguien con una enorme carga en el piso que obstruye el paso. No lo culpo, no tiene opción. De todos modos, otros suben detrás de mí. Busco un lugar de donde pueda sostenerme entre el bosque de brazos y finalmente encuentro un tubo de aluminio sujeto al techo. Las puertas se cierran y siento el aire caliente, húmedo y ligeramente maloliente. Lucho por colocarme en el paso de alguna corriente de aire que entra por alguna ventana. Mi mochila se comprime contra mi espalda. Trato de moverme pero mis esfuerzos son inútiles. Estoy inmovilizado. No soy fanático del contacto físico, mucho menos con desconocidos, pero ahora no tengo opción. Finalmente logro subir mi otro brazo y sujetar mi hombro para ocupar menos espacio. Veo hacia abajo y no puedo ver mis pies. Levanto mi mirada hacia el tubo de donde me sujeto, lo suelto unos instantes y veo que mi mano se ha manchado de negro. Veo el techo del transmetro lleno de manchas amarillas por las filtraciones, verdaderas goteras cuando llueve. Veo hacia mis costados y sólo distingo cabezas, un mar de ellas.

El transmetro se detiene en la estación "Las Charcas". Algunas personas bajan, dándome un respiro. Aún así, el transmetro todavía se ve lleno. Inmediatamente después otras personas empiezan a subir, y el sufrimiento continúa. Esto se repite en la estación "Javier", pero con menos intercambio de personas. Por último, el transmetro llega a la estación "Monte María". No hay espacio para un alfiler y supongo que las personas son sensatas y que nadie va a subir. De nuevo estoy equivocado, pero luego pienso que tampoco tienen opción, el siguiente transmetro no vendrá más vacío. Y siento tanta lástima por ellas como por mí. El transmetro continúa su camino. Tras algunas curvas, descensos y subidas que nos sacuden, el transmetro se detiene en la estación "Centra". Luego de unos momentos se abren las puertas y salgo expulsado rápidamente al exterior, principalmente por mi deseo de libertad. Lleno mis pulmones de aire fresco. Mi espíritu se renueva; pero falta todavía.

Empiezo a caminar tan rápido como puedo, esquivando gente y barandas. Llego a la larga rampa que lleva a la parte inferior, donde esperan las camionetas extraurbanas. Otras personas ralentizan mi paso; las esquivo y continúo. Y finalmente la última broma del transmetro: Habiendo tanto espacio allí abajo, un empleado del transmetro de alguna forma ha decidido hablar con algún compañero parado en la rampa, apoyándose en la baranda; y de esta manera convirtiendo al diseño del transmetro en un verdadero patrón recursivo de cuellos de botella.

Corro, pero ya es muy tarde. Veo con dolor cómo una camioneta extraurbana se aleja con muchos lugares donde sentarse aún desocupados. Tendré que esperar. Resignado subo a la siguiente camioneta. No es un buen servicio, pero al menos me voy a ir sentado y respirando aire un poco más fresco, con la libertad de mover mis brazos y piernas. Un paraíso relativo. Coloco mi mochila en mi regazo, suspiro y me relajo. Finalmente voy a casa.

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